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En este artículo Antenor hace mención sobre uno de los más grandes y originales escritores peruanos Abraham Valdelomar, demostrando su admiración y afecto hacia dicho escritor, pues compartían pensamientos e intereses personales.  

ABRAHAM VALDELOMAR

Anteayer en Ayacucho

 Uno de los más grandes y originales escritores de la última gene­ración intelectual peruana, el más artista sin disputa alguna, ha caído, súbita y trágicamente, fulminado por la muerte, cuando acababa de ser elegido secretario del Congreso Regional del Centro, como representante por Ica, su ciudad natal.

Frescos están aún los recuerdos de su paso por Trujillo en el mes de mayo año pasado. Emprendía entonces una atrevida y audaz gira intelectual por toda la república que popularizó su nombre y su labor literaria. Visitó primero el norte, después recorrió las principales ciu­dades del sur y la vecina república de Bolivia, de donde acababa de llegar cuando fue elegido diputado regional.

Valdelomar fue un escritor de vigorosa y acentuada personalidad y era uno de los pocos que por su fuerza espiritual estaba capacitado para continuar la obra intelectual de González Prada y de Ricardo Palma, tal vez, con un espíritu moderno más amplio, con un más dilatado miraje acervo más nutrido de ideas y de sensaciones. Cultivador del humorismo en su más alta, sutil y refinada manifestación, escribió ensayos maravi­llosos en los que campea el más galano y donoso ingenio. Entre los escritores de su época nadie trajo una mayor libertad espiritual, un aire de más acusada y original modernidad.

Dueño de un estilo inconfundiblemente suyo en el que fluía la expresión con fácil y fresca espontaneidad captando la idea, aprisionado la sensación, ciñendo amorosamente la visión que percibían sus pupilas, cogiendo al vuelo el rasgo original y pintoresco de las cosas, amoldándose al esguince de la línea, adaptándose a la vibración del color, arrancando la íntima música de su espíritu en su choque con la naturaleza, tra­duciendo el misterio cotidiano de la vida, expresando su tragedia personal y su febril estupor ante la muerte, relacionando su vida con la vida universal.

Placíale que le llamaran artista, y era un grande artista en verdad, un grande artista de la palabra y de su vida.

Como un homenaje a su memoria publicamos el siguiente capítulo inédito de una novela aldeana suya que no ha llegado a terminar.

Hoy reincide de nuevo y se marcha a más a lejanas tierras, con el espíritu más cercano a la realidad, con la fe más acrisolada y depurada por la experiencia, con el corazón más rebosante de esperanzas y ambi­ciones.

Jamás encontré un temperamento de artista tan poliforme, tan múltiple, tan rico en dones espontáneos y naturales, tan entregado con más desinteresado y puro amor a la realización de su obra. No quiero hoy ocuparme de su personalidad artística, de su singular concepción del arte y de sus ideales estéticos, comentados y glosados en largas, inolvidables, íntimas exquisitas y fervorosas charlas fraternales. Tal vez algún día intente un ensayo sobre este espíritu tan original, tan intenso, tan varío y tan complejo.

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Instituto de Investigaciones Cambio y Desarrollo (CYDES). Antenor Orrego: Obras Completas. Editorial Pachacutec. Primera Edición, Setiembre de 1995. Tomo I, pag. 398 - 399

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