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Este Fragmento de la obra “Hacia un Humanismo Americano”, nos muestra la realidad del pueblo americano, y nos dice que sólo con el esfuerzo y el estudio de cada hombre el futuro o destino de América podrá mejorar.

III

INTELIGENCIA Y PROFETISMO

¿Cómo es América? ¿Cuáles son los valores universales que va a definir y realizar? ¿Cuál es la tonalidad o la acentuación de su espíritu?

A estas tres interrogaciones sólo pueden responder satisfactoria­mente, adecuada y plenamente los siglos y, acaso, los milenios. Nosotros sólo podemos inferir, adivinar casi por un poderoso esfuerzo de imagi­nación, algunos de los rasgos fundamentales y esquemáticos de ese mundo ingente que nace. Esta es la característica y el privilegio del hombre americano sobre el hombre, de las demás culturas. Nosotros podemos predecir, en cierta manera, la trayectoria de expresión que seguirá nuestro espíritu. No en vano surgimos del vértice de todas las demás culturas, desde un punto que podríamos llamar crucial para la vida contemporánea. El hombre de las etapas anteriores no se pregun­taba cómo iba a ser la cultura, cuyo órgano o instrumento comenzaba a ser. Lo era sin percatarse casi ni aún en sus individualidades más emi­nentes; lo era de una manera, inconsciente, fatal e inexorable. Nosotros tratamos de predecir el porvenir, de dirigirlo y conducirlo por la inteligencia. Somos los herederos directos de la cultura intelectual más poderosa y sabemos mucho más que el hombre de las culturas anteriores, cuál es el sentido de nuestra misión universal. Las interrogaciones con que encabezamos este capítulo están en la mente y en los labios de todo americano culto e inteligente de hoy. Puede decirse que la encontramos en la médula de nuestros huesos, como una impostergable necesidad imperativa; Nuestra necesidad de predicción se diferencia del profetismo antiguo en que no se trata de súbitas iluminaciones alegóricas y so­brenaturales, sino de vastos esquemas racionales e intuitivos que cons­truye nuestra inteligencia consciente. Por primera vez en la historia, el hombre quiere darse cuenta anticipadamente de sus fines y no ser un instrumento ciego del hado o del destino. Jamás 1a inteligencia jugó un papel más importante. Ahora vemos y comprendemos el por qué de ese esfuerzo extraordinario v maravilloso de Europa al perfeccionarla a través de tantos siglos. Inclusive sus aberraciones nos parecen ahora justificadas. Se trataba de dar al hombre un instrumento, una herramienta de prodigiosa eficacia mental para el porvenir. Este sentido del futuro no es agorerismo de arúspice, cuya vaguedad se plasma fácil­mente a cualquier hecho. Es claridad que dirige y anticipa el sentido de los acontecimientos, precisión científica estamos tentados de decir, si esta palabra no estuviese tan mancillada por cierto charlatanismo empírico; es la inteligencia que pone a contribución su más sutiles y poderosas facultades creadoras.

Bien se ven todas las ventajas de esta situación excepcional. Con­ducir una trayectoria, evitando los desgastes de las desviaciones y de los tanteos, es ahorrar energía para emplearla mejor. El agua suelta y a su arbitrio ciego fecunda, es verdad; pero, muchas veces, desgarrando y rompiendo. Pierde, también, sin objeto consciente y preciso, gran parte de su fuerza. Pero canalizada y dirigida, acrecienta su poder impulsor, creativo y fecundante. La metáfora puede aplicarse, mutatts mutandi, a la fuerza interna de una cultura que, de esta suerte, puede alcanzar reali­zaciones espirituales, éticas y materiales apenas sospechables.

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Instituto de Investigaciones Cambio y Desarrollo (CYDES). Antenor Orrego: Obras Completas. Editorial Pachacutec. Primera Edición, Setiembre de 1995. Tomo II, pag. 72 - 73

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