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Este fragmento de la Obra “Meditaciones Ontológicas”, nos relata que pocos son los hombres que tienen la valentía y la capacidad de vivir el presente a pesar de los problemas que se presentan cada día.

EL TIEMPO Y EL SER

Muy pocos hombres tienen la capacidad de vivir en el presente porque la mayor parte viven constantemente enajenados de sí mismos. Los más de los hombres viven excéntricamente, desplazados de su núcleo vital más esencial y profundo, ora proyectándose al pasado, como recuerdo o añoranza; ora desplazándose hacia el futuro, como anhelo, ilusión o utopía.

Suele decirse del tiempo que abraza tres estados diferentes: pasado, presente y futuro, pero, eso no es sino una falacia, -¡la más engañosa de las falacias!-porque el tiempo horario es sólo pretérito como memoria muerta, por mas inmediata que fuera; es sólo porvenir como ansia o deseo irrealizado. El presente nunca existe como tiempo, nunca es dimensión temporaria porque es Eternidad, que no es sucesión, que no es duración, que no es cambio. La Eternidad sencillamente es, está constituída por un presente permanente porque es creación y libertad constantes y perdurables. El poeta Holderlin, describe esta sitación con las siguientes palabras: «Ví una vez lo único que mi alma buscaba y la perfección que nosotros proyectamos a los astros, que nosotros referimos al fin de los tiempos, lo sentí como presente. Aquí, en esta órbita de la naturaleza del hombre y de las cosas estaba lo supremo». 

La verdadera historia que no es sino la actualización de la Eternidad en cada época consiste en ver directamente la creación del pasado y la creación de futuro, no como reminiscencia yerta, ni como utopía irrealizada aún, sino como energías vivientes y operantes, como si fueran ¡que lo son!- real y esencialmente presente. Vale decir, Eternidad, que no es tiempo infinito o indefinido, como suele concebirse, sino la verdadera dimensión del Espíritu, que es siempre nuevo y perdurable y que está al margen de las edades y de los llamados acontecimientos históricos, es decir, al margen de la sucesión de los hechos. 

Simone Weil percibe bien esta verdad, cuando nos dice en su «Carta a un Religioso»: «Hay que deshacer la superstición de la cro­nología para encontrar la eternidad».

Considerar al presente como tiempo es la mayor jugarreta que se haya hecho el hombre a sí mismo para escamotearse la esencia inmortal de su propio ser. El tiempo es el hijo pródigo del hombre porque despilfa­rra su mejor tesoro; porque con él construye la cárcel que lo encierra; porque con él amasa su anhelo que es utopía siempre; adereza su apetito que es su pérdida y forja el dolor que lo oprime; porque con él se limita y llega a1 sufrimiento que es su negación; porque con él habrá de crucificarse, como Cristo, y redescubrir sólo entonces su Todo, que es su redención.

Descubrir nuestra propia luz es redescubrir el Presente, que no nace, ni muere, que sólo está en nuestros éxtasis; en aquellos momentos efímeros de lúcida embriaguez en que se descorre la cortina de nuestra verdadera vida. En aquellos instantes breves en que somos fuera del tiempo, como creadores, como dueños de nuestra libertad que es la esencia de nuestro ser, como fuimos y seremos siempre. En aquellos instantes fugaces y meteóricos en que tocamos, por decirlo así, el corazón de la Eternidad.

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Instituto de Investigaciones Cambio y Desarrollo (CYDES). Antenor Orrego: Obras Completas. Editorial Pachacutec. Primera Edición, Setiembre de 1995. Tomo V pag. 45 - 46

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